número

28.7.11

primeras impresiones

Las horas pasan lentas. Llega una milenaria señora de calzas blancas y zapatos de tacón negros. Aunque haya gente en ese lugar, parece no importarle. Su mirada aguileña refleja la búsqueda de un objetivo, quizás preciado. Coloca su portafolios negro sobre aquel estante y comienza a escribir. Ese sonido sordo y contundente es ahora fácilmente reconocible. Porta cabello blanco falso y la separa de mí un mueble marrón rojizo oscuro. Estoy escribiendo y arriba parece haber concentración en una filmación. Se intenta detener el tiempo, arriba y abajo. No me siento parte de mi época. Otra mujer de rompevientos negro, ya afectada, deja su libro en una mesa siguiente a la mía, y pasa a sentarse. Miro el reloj. Gente que sí piensa en nada. Arriba lo innovador, abajo lo conservador. Esos libros viejos nos arrancan la nostalgia y la suspenden en el aire. Televisores. Atrás, un pedazo de cielo vivo. Vuelvo a mirar el reloj, y uno más, un acostumbrado asoma sus narices para ver si sucede algo interesante. Ese cartel macabro de Salida lleva donde hay cigarrillos y se ve el otro lado, necesario, de la gente. Quietud por un instante. Cambios de guardia infinita. Una escalera de caracol entubada por un vidrio conecta el arriba con el abajo. La palabra "procesión" suena en mi mente. El mismo guardián con el tiempo se erosiona. Curiosidad mía. Lo que nos mueve.



Alguien me mira. Muere éste yo.

El paso del tiempo nos trata a todos por igual, el tema es qué hacer con él.

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